Los manuales y las publicaciones para señoritas: una forma de promover la educación en el siglo XIX

      Comentarios desactivados en Los manuales y las publicaciones para señoritas: una forma de promover la educación en el siglo XIX
Tiempo de lectura: 12 minutos

Imagen tomada de: http://cienciamejicanass.blogspot.com/2014/


The content of these publications ranged from playful to literary and their objective was to provide a topic of conversation for women of high society; (…) Thus, these magazines, directed and written by men, influenced the intellectual development of women from a patriarchal perspective, in which the speech apprehended was the one that men tried to teach them, especially promoted at the domestic space.


Por Jorge Luis Gallegos Vargas y Iraís Rivera George

El siglo XIX fue testigo de la conformación de México como un país independiente: la consumación de la Independencia del país dejó como resultado un lugar sumergido no solo en la pobreza económica, sino también en cambios políticos y sociales que repercutieron, de forma importante, en la educación. Se estima que, para finales del siglo antes mencionado, más del ochenta por ciento de la población era analfabeta; lo cual indicaba que no todos tenían derecho al acceso de lo que hoy se considera un derecho básico.

Para ese entonces, la educación tenía un claro tinte religioso: las instituciones que se dedicaban a promover el conocimiento fueron las escuelas parroquiales y la Real Pontificia Universidad de México;[1] a pesar de que la Independencia abogó por una igualdad entre los europeos y los nacidos en tierras indígenas, la mayor parte de quienes asistían a ella eran los españoles y criollos.

Valentín Gómez Farías, quien fungía como vicepresidente junto con José María Luis Mora, expresaron que era necesario hacer una separación, en materia educativa, del Estado y la Iglesia; por ello, en 1833, Maximiliano de Habsburgo decretó la extinción de la Real y Pontificia Universidad de México, creando la Dirección General de Instrucción Pública, organizando la educación superior en seis establecimientos:

  1. Establecimiento de Estudios Preparatorios
  2. Establecimiento de Estudios Ideológicos y de Humanidades
  3. Establecimiento de Ciencias Físicas y Matemáticas
  4. Establecimiento de Jurisprudencia
  5. Establecimiento de Estudios Sagrados (Ramírez, 2016:175).

Con la instauración de dichos establecimientos, se dio por sentado que el Estado tomara las bases de la educación, dando con ello la laicidad de la educación, siendo el gobierno quien tuviera a su cargo la enseñanza del pueblo. Así, las aulas dejaron de ser sitios en los que se enseñaba a obedecer las normas de conducta para que los sujetos fueran conscientes de sus derechos y obligaciones.

Se deseaba que “el Sistema escolar proporcionase enseñanzas útiles en los distintos grados de calificación y especialización que la sociedad requería; consecuentemente, debía existir una instrucción básica accesible a toda la población infantil y otra universitaria especializada para los de mayor talento” (Arredondo, 40:2007); con lo que se sentaban las bases para la educación para todos y con un fin utilitario para la sociedad, dejando de lado jerarquías y divisiones raciales y económicas.

Sin embargo, el camino a la educación fue solo una utopía para algunos grupos, entre ellos las mujeres. Casi por regla general, las mujeres que contaban con los suficientes medios económicos tenían la posibilidad de tener acceso al conocimiento, pero de forma sesgada debido a la ideología patriarcal que consideraba que la educación no podía ser la misma para los hombres que para las mujeres; partiendo de una denominada “Pedagogía diferencial”, la cual solo educaba parcialmente a las mujeres, con visos a formar amas de casa; incluso consideraba que la educación debía ser científica para los hombres y religiosa para las mujeres. Pues, de esta manera, el hombre desarrollaba su inteligencia, mientras la mujer fomentaba los valores con los que debía construir su hogar y así, reproducir el mismo sistema de valores.

Las ideas de la revolución francesa rápidamente se diseminaron no solo en Europa, sino también en el Imperio Español y, por lo tanto, en sus colonias. Los ideales de la monarquía española traspasaron el océano Atlántico y, en consecuencia, el concepto de moralidad y la prosperidad pública fueron un tema que rápidamente se propagó en las buenas costumbres de las altas clases sociales instauradas en las colonias españolas, teniendo como eje rector a la familia quien era la principal encargada de educar a los sujetos, dictando las pautas del sujeto decimonónico.

A esto, además, se le debe sumar no solo la presión de la sociedad, sino de la familia misma, donde la educación, como se mencionó líneas antes, solo era para unas cuantas; para aquellas que tenían los recursos económicos suficientes, así como un estatus social, pero también, aquellas que fueran avaladas y apoyadas por un hombre; de tal manera que, la mujer se concebía con un objeto de propiedad carente de decisiones propias, y que dependía totalmente de un protector. Sobre esto, Cruz-Reyes en su artículo “Educación y papel de la mujer en el período de transición del siglo XVIII al SXIX en Mesoamérica” (2002) nos dice que:

[e]s notorio que las familias poseedoras de bienes, […] destacaban en cualquier contexto; además, el tener bienes era una de las condiciones de peso para que, durante el período colonial, y aún después, hayan tenido algunas oportunidades o espacios para poder acceder a la educación (9).

Ante este panorama, el desarrollo intelectual de las mujeres no podía compararse con el de los hombres y nada tenía que ver con su capacidad, sino con una perspectiva que la concebía como un ideal de virtudes que debía reproducirse en pos de la familia y la sociedad. Todo esto, bajo un dechado de preceptos religiosos, que contradecía la postura del Estado, pues en la educación “femenil” lo que más importaba eran los valores y no los conocimientos.

Montero Moguel y Esquivel Alcocer, señalan en su artículo “La mujer mexicana y su desarrollo educativo: breve historia y perspectiva” (2000), que:

En el México independiente las escuelas seguían separadas según los géneros y la educación femenina no experimentó cambios sino hasta este tiempo, se crean diferentes instituciones dedicadas a la preparación de las mujeres en diferentes campos. Se crean las escuelas vocacionales femeninas como las escuelas de arte y oficios, de educación básica escuelas para obreras; todas tiene un plan de estudios en los que predominan las “actividades propias del sexo femenino”. (53)

Esta actitud patriarcal comenzó a generar inconformidad por parte de algunas mujeres; pues esta época se caracteriza, además, por ser un período de tensión. Dar cuenta de la mujer de este tiempo, no es tarea fácil, solo ha quedado retratado en periódicos y libros que se publicaban para complementar la educación de la mujer, donde, el rol de la madre era relevante ya que:

También se destaca la importancia de la responsabilidad de las madres en la educación de sus hijas, considerando que éstas llegarán a ser también madres de familia, pues si han tenido la fortuna de estar bien educadas en su niñez, “comunicarán las mismas ventajas a sus hijos”. De igual manera, se dan consejos sobre cómo educar a la mujer, cómo deben comportarse, cuáles son los cuidados de la madre, los estudios convenientes a las niñas en edad más crecida. (Cruz-Reyes, 2002 6)

La forma de “aconsejar” o guiar en la educación femenil e incluso la masculina, se dio a través de escritos, los cuales eran publicados con dicho fin, y son los denominados Manuales de urbanidad, que se emplearon en México durante el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. Estos manuales fueron influenciados por culturas como la francesa e inglesa. Valentina Torres nos dice que:

(…) sirvieron de manuales escolares o lecturas de la familia, y que posteriormente se convirtieron en los modelos para la elaboración de los propios manuales mexicanos. Los textos de urbanidad que se utilizaron en el siglo XIX tuvieron un gran impacto en la educación, tanto formal –en escuelas públicas y privadas- como informal –en las parroquias y hogares (314).

Así, en cada casa de buena familia, se educaba a la mujer con los preceptos creados por una cultura ajena a la nuestra, bajo el ideal del patriarcado, definido como el orden social en el que el hombre posee el poder, relegando a la mujer a la condición de ser débil y dependiente del género masculino. Dicho orden, se caracterizaba por la opresión, y no solo de la opresión femenina, sino que se funda en la opresión de cualquier otro ser considerado “débil”, en los que entran las clases bajas, que también se ven sometidos, en el que solamente las mujeres viudas y las solteras mayores de edad alcanzaban cierta dependencia jurídica; es decir, la patria protestad de las mujeres pasaba del padre al marido.

La mujer, se ve sometida, por la supuesta desigualdad genérica, que por su condición de mujer pues la relación entre sexualidad y cultura ha sido enfocada ideológicamente como una relación entre lo inferior y lo superior, lo natural y civilizado, o como lo animal frente al progreso humano (Lagarde y de los Ríos 81). Así, lo femenino se ve como lo salvaje, lo que debe ser guardado en el hogar por su “propia seguridad”.

Una de las formas más populares para proporcionar educación a las mujeres novohispanas fue a través de los manuales de urbanidades, los cuales transmitían, de forma ideal, el ser y el deber ser de las mujeres. Estos libros tienen su origen en el texto De la urbanidad de las maneras de los niños, del filósofo humanista holandés Erasmo de Rotterdam; que se concibe como un texto publicado por primera vez en Basilea en 1530. Se le considera que introdujo plenamente en la civilización occidental el nuevo concepto de civilidad social y fase de desarrollo social frente a la barbarie y la ignorancia (Jarquín, 2007: 849); no obstante su origen, permeó las ideas y rápidamente los nacientes manuales, de inicio presentados como epístolas, que llegaron a España y a la Nueva España.

Los primeros manuales o cartas fueron consejos dirigidos a los hijos de personajes que tenían cierta injerencia en el ámbito público de inicios de la vida independiente en los países nacientes latinoamericanos, tal es el caso de las epístolas de don Manuel Salas, en Chile, cuya carta “fechada en 1822, señala también la preocupación de los hombres de la Independencia por legar a su descendencia los consejos de moralidad y buena crianza para conducirse en sociedad” (cit. pos. Soaje, 2019, párr. 54). La aparición de estos documentos, dejan en claro la importancia de transmitir los ideales de la ilustración y la preocupación de transmitir las costumbres familiares a las y los integrantes del linaje.

Como se mencionó anteriormente, una de las formas de control y opresión sobre la mujer, se ve reflejado en los Manuales de urbanidad. Uno de los primeros documentos de este tipo, publicado en México, es La Quijotita y su prima (1818) de Joaquín Fernández de Lizardi; dicha obra presenta la contraposición de la educación de dos familias; la primera de ellas la Langaruto y su hija Pomposa, quien representa la mala educación y lo cual se traducirá en una mujer que se proyectará ante la sociedad como viciosa y perjudicial; mientas que la familia Linarte, da un excelente ejemplo a su hija Prudencia quien se distinguirá por ser una mujer bien educada y, por lo tanto, su actitud construirá un buen ejemplo para la Estado.

En la introducción al libro de Lizardi se pone de manifiesto que: “la mujer debe ser educada para así mantener efectivamente las propiedades del hombre representadas por los hijos y el capital económico” (Fernández de Lizardi, XX: 2008); sin embargo, el trasfondo de este documento fue el apuntar que la familia es el núcleo de la sociedad y que la mujer es necesaria para transmitir los valores que en el seno de ésta se gestan, oponiéndose a la autoridad eclesiástica de la época.

Otro texto fundamental, en el México decimonónico, para la educación de las mujeres fue la revista El Semanario de las Señoritas mexicanas, educación científica, moral y literaria del bello sexo (1841). La primera editorial de la revista, dirigida por Mariano Galván, “anuncia que la publicación del semanario viene a subsanar una laguna ofreciendo a las mujeres la ilustración hasta entonces reservada a los hombres, con el propósito no confesado de reforzar su papel de esposa, madre y ama de casa” (Ludec, 2008:3); no obstante, esta publicación no fue la única revista de la época, también figuraron algunas otras como Panorama de las Señoritas mexicanas (1842), La semana de las Señoritas mexicanas (1850) y Presente Amistoso dedicado a las señoritas mexicanas (1851).

El contenido de estas publicaciones oscilaba entre lo lúdico, lo literario y su objetivo era dotar de tema de conversación a las mujeres de alta sociedad; así, las líneas de las revistas versaban sobre “relatos de viaje, las experiencias de los viajeros, peregrinos, poetas, nacionales o extranjeros, anónimos o famosos” (Ludec, 2007:4); así, estas revistas, dirigidas y escritas por hombres, favorecieron el desarrollo intelectual de las mujeres desde una mirada patriarcal, en el que el discurso aprehendido era aquél que los hombres pretendían enseñarles, siendo el espacio doméstico el que más se promovió.

Años más tarde (1887-1889), nacería Las violetas de Anáhuac. Periódico literario. Redactado por señoras, dirigido por Laureana Wright y por Mateana Murguía de Aveleyra; a través de sus páginas rechazaron las ideas frívolas que las publicaciones dirigidas por hombres promovían; además de darle voz a mujeres tales como Rita Cetina, Margarita Kleinhans, Consuelo Mendoza, entre otras, así como otras que firmaron bajo la sombra del pseudónimo; algunas de las mujeres que escribieron en esa publicación se dedicaron a la enseñanza, profesión más o menos compatible con la vida de una señorita porfiriana” (Pasternac, 1997:401); la mayoría de estas mujeres solo pudieron escribir gracias a su posición económica y ocuparon el apellido de sus maridos como una plataforma periodística; no obstante, así se sentaron las bases de la literatura femenina y feminista en México.

Según cuenta Nora Pasternac que los temas más frecuentes, en Las violetas de Anáhuac, fue “la educación de la mujer. Frente al modelo de la mujer abnegada y sumisa, dedicada al cuidado de su casa y a sus hijos y, por supuesto, a la oración, modelo cuyos patrones siguen siendo fuertemente señoriales y patriarcales” (1997:404); esta publicación de y para mujeres tenía la premisa de que la mujer debería ser parte importante del progreso de la nación, así como evidenciar los prejuicios anacrónicos y erróneos que se había impuesto a las mujeres.

No obstante, una de las formas de transmisión del conocimiento, como se mencionó con anterioridad, fueron los manuales: entre los más populares se encuentra el de Antonio Carreño con su Manual de urbanidad y buenas maneras (1885) para uso de la juventud de ambos sexos en el cual se encuentran las principales reglas de civilidad y etiqueta que deben observarse en las diversas situaciones sociales, precedido de un breve tratado sobre los deberes morales del hombre, publicado en 1853. Carreño, nos introduce al mundo de la buena educación, enumerándonos las actitudes y deberes que deben cumplirse en cualquier situación. Desde el aseo, hasta cómo proceder frente a los alimentos, a la hora de acostarse y levantarse, de los vestidos, del arreglo de la casa y de la paz doméstica; por mencionar a algunos.

Piense, por último, la mujer, que a ella le está encomendado muy especialmente el precioso tesoro de la paz doméstica. Los cuidados y los afanes del hombre fuera de la casa le harán venir a ella muchas veces lleno de inquietud y de disgusto, y consiguientemente predispuesto a incurrir en faltas y extravíos, que la prudencia de la mujer debe prevenir o mirar con indulgente dulzura. El mal humor que el hombre trae al seno de su familia es rara vez una nube tan densa que no se disipe al débil soplo de la ternura de una mujer prudente y afectuosa. (Carreño, 2007:83)

Parecería que la mujer es la consumidora de estos manuales, pero no por ser el único destinatario, sino que, en su papel de ama de casa y educadora de los hijos, es la encargada de preservar y transmitir los valores que la sociedad establece. Esta idea está manifestada en el capítulo 2, en el que se expresa lo siguiente:

El amor y los sacrificios de una madre comienzan desde que nos lleva en su seno. ¡Cuántos son entonces sus padecimientos físicos, cuántas sus privaciones por conservar la vida del hijo que la naturaleza ha identificado con su propio ser, y a quien ya ama con extremo antes que sus ojos ya lo hayan visto! ¡Cuánto cuidado en sus alimentos, cuánta solicitud y espero en todos los actos de su existencia física y moral, por fundar desde entonces a su querida prole una salud robusta y sana, una vida sin dolores” El padre cuida de su esposa con más ternura que nunca, vive preocupado de los peligros que le rodean, la acompaña en sus privaciones, la consuela en sus sufrimientos, y se entrega con ella a velar por el dulce fruto de su amor” (Carreño, 2007:20).

De esto, se puede dilucidar el papel de la mujer en la sociedad, como la base de la cultura y sociedad mexicana. La filósofa y escritora Rosario Castellanos, señaló en su libro Mujer que sabe latín (2003), que:

Por eso que nadie se ocupa ni se preocupa porque las mujeres estudien. Si acaso, se les enseñan los rudimentos del alfabeto y cuando surge monstruo, como lo es para su época y sus contemporáneos Sor Juana, no habrá manera de clasificarla, ni de asimilarla ni de colocarla (23).

Así, la educación a la mujer se concibe desde lo privado, donde madre e hija debían ser educadas para su única opción, el matrimonio. A través de éste, se fortalecía la sociedad patriarcal, que inculcaba la sumisión de la mujer ante el hombre, primero su padre y, posteriormente, su marido; esto, sin importar la clase social; pues aún, siendo rica o una desposeída, dependía de las decisiones que tomara el hombre de la casa.

Dentro de su papel de educadora, la mujer adopta la posición de transmisión de aquellos ideales que una mujer debe responder, como el saber cocinar, el saber realizar menesteres manuales como el bordado, la confección y, algunas otras cualidades que ayuden con la economización del hogar; además de inculcar los preceptos religiosos, pues no hay que olvidar la importancia que la religión ha tenido, no solo dentro de la moral mexicana, sino en la conducción de nuestra sociedad.

Aún y cuando han pasado más de cien años de la publicación de estos documentos que dieron la pauta de las mujeres en el México independentista, porfiriano y post revolucionario, aún quedan algunos resquicios de esa educación en la que el hombre acapara el centro de atención, invisibilizando a las protagonistas de la Historia y la historia nacional; si bien los manuales para señoritas han sido casi desterrados por completo de las aulas, los libros de texto aún conservan esa mirada patriarcal, e incluso misógina, en la que los temas que son considerados femeninos se siguen preservando; aún quedan algunas instituciones de carácter público y privado que diferencian las actividades consideradas como femeninas de las tildadas como masculinas.

Es tarea de los docentes tener una perspectiva de género en la que busque la equidad e igualdad entre mujeres y hombres, en las que no solo el discurso, sino también las acciones generen, de forma significativa un acceso a las mujeres al conocimiento y se incorporen al ámbito público.

Referencias:

Alvarado, L. (2005). Educación y superación femenina en el siglo XIX: dos ensayos de Laureana Wright. UNAM.

Arredondo López, M. A. (2007). Políticas públicas y educación secundaria en la primera mitad del siglo XIX en México. Revista Mexicana de Investigación Educativa, 12, 37-62. http://www.comie.org.mx/documentos/rmie/v12/n032/pdf/N032C.pdf

Carreño, M. A. (2007). Manual de Carreño. Urbanidad y Buenas Maneras (Tercera edición). Nueva Imagen.

Castellanos, R. (2003). Mujer que sabe latín. FCE.

Fernández de Lizardi, J. J. (2008). La Quijotita y su prima. Stockero.

Jarquín Ortega, M. T. (2007). El mundo de la modestia y las buenas maneras. Economía Sociedad y Territorio, 849-859. https://doi.org/10.22136/est002007302

Ludec, N. (2007). La lectura del viaje en unas revistas femeninas del S.XIX mexicano. HAL, 1-20. https://halshs.archives-ouvertes.fr/halshs-00336826/file/LA_LECTURA_DEL_VIAJE.pdf

Meníndez Martínez, R. (2009). La Historia de la Educación en: Nuevos enfoques y fuentes para la investigacion1. Sarmiento, 13, 151-164. https://core.ac.uk/download/pdf/61901957.pdf Mexico

México tiene más analfabetas que hace 10 años: UNAM. (2020, 7 septiembre). Animal Político. https://www.animalpolitico.com/2012/09/mexico-con-mas-analfabetas-que-hace-10-anos-unam/#:~:text=A%20finales%20del%20siglo%20XIX,existen%20alrededor%20de%2072%20millones.

Pasternac, N. (1997). El periodismo femenino en el siglo XIX Violetas del Anáhuac. En Las voces olvidadas. Antología crítica de narradoras mexicanas nacidas en el siglo XIX: (Segunda edición, pp. 399-418). El Colegio de México.

Ramírez Sevilla, R. (2016). La educación pública en México en el siglo XIX. La ley de instauración pública durante el segundo imperio. En I. Ledesma Mateos (Ed.), La legislación del segundo imperio (pp. 173-191). INEHRM. https://archivos.juridicas.unam.mx/www/bjv/libros/10/4551/8.pdf

Soaje de Elías, R., & Salas Fernández, M. (2020). Manuales y urbanidad: Antecedentes para su historia en Chile. Káñina, 43(3), 133-168. https://doi.org/10.15517/rk.v43i3.41936

[1] Esta Universidad fue la primera en México, creada por Carlos V, el 21 de septiembre de 1551. Esta fue creada a partir de los modelos de las universidades europeas e impartía materias como Teología, Medicina, Leyes, Cánones y Arte; además, en ella se impartían algunas cátedras relacionadas con las lenguas indígenas y la astrología.

Jorge Luis Gallegos Vargas es doctor en Literatura Hispanoamericana en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

Iraís Rivera George es doctora en Literatura Hispanoamericana en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.