Compartir más que educar

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Por Alejandra Vanegas Díaz

Cuando hablamos de Educación Indígena salta la idea de integrar a los pueblos originarios al sistema educativo nacional, se intenta ajustarlos a un traje que evidentemente no está hecho de acuerdo a sus necesidades específicas. Con programas que poco o en nada toman en cuenta las particularidades que tienen cada uno de estos grupos étnicos, el objetivo es integrarlos al mundo global, que sean competentes en el uso de las tecnologías y otros diversos ejes transversales que integran los currículos escolares.

Al realizar un análisis retrospectivo de los resultados que se han obtenido con este tipo de políticas, podemos ver que no han sido del todo adecuadas, ya que muchas escuelas indígenas no cuentan ni con lo más elemental para el desarrollo de la función educativa en esta obstinación por “modernizar la educación y que sea incluyente” nos olvidamos de la riqueza cultural indígena y su cosmogonía.

Por poner un ejemplo, en la selva Lacandona ubicada en el estado de Chiapas, México, podemos encontrar diversos ejemplos que bien se podrían difundir e integrar en los contenidos educativos. La etnia lacandona conserva un profundo respeto hacia la naturaleza, sabedores que pueden servirse de ella con medida y que deben retribuir lo que ella les da. Por ello, su agricultura es un tesoro que bien se debe compartir y llevar a la práctica ya que cuentan con un ciclo de siembra que les permite regenerar el suelo, lo que impide que se vuelvan suelos infértiles; cada temporada el producto que siembran le devuelve a la tierra los nutrientes perdidos en la cosecha anterior y así sucesivamente. Esta práctica bien puede ser aplicada en el resto del país y tal vez el mundo, con ello se mitigaría la deforestación y el cambio climático. Gracias a la Asociación Cultural Na Bolom ha dado seguimiento por veinte años a este particular tipo de siembra han verificado que las tierras de cultivo no se agotan como en otras regiones del estado.

Un ejemplo más nos lo ofrece la cultura Maya en el área médica. Las familias Mayas originarias practican al momento del alumbramiento un acompañamiento y participación total por parte del padre, el parto es asistido por una partera quien se coloca a espaldas de la mujer para recibir al recién nacido, en tanto el padre se coloca sentado de frente a la mujer, ella hincada para que en esta posición el hombre puede empujar con sus manos el vientre de la madre y así facilitar la labor.

Si bien el alumbramiento en casa ha incrementado en los últimos años en países europeos, el nivel de involucramiento de los hombres no se asemeja al de los Mayas.

Como estos ejemplos podemos encontrar muchos más desde la Sierra Taraumara con los Rarámuris, los Purépechas en Michoacán, los Mazahuas en el Estado de México hasta Chiapas con los Lacandones y Mayas.

Por qué obsesionarse con enseñar contenidos poco útiles a estas comunidades, sin dar voz y luz a su gran legado cultural, que en muchos casos son más amigables con el ser humano y con la naturaleza; tan avanzado que despiertan el interés de los extranjeros; integradores que desde sus inicios concibieron al hombre como un ser físico y espiritual, tendencia que ha cobrado fama a nivel internacional basada en diversas culturas ancestrales.

El fin de una verdadera educación sería integrar los diversos saberes del gran abanico cultural, con respeto a las costumbres y principalmente si han demostrado su efectividad. Es decir, diseñar currículos flexibles que consideren estas particularidades y buenas prácticas comprobadas por muchos años.

Fotografía tomada por Alejandra Vanegas en el Museo de Medicina Maya, San Cristobal de las Casas, Chiapas.

 

Alejandra Vanegas es pasante de la Licenciatura en Pedagogía del Sistema de Universidad Abierta y Educación a Distancia de la Facultad de Filosofía y Letras-UNAM